Génesis
Cassian se queda inmóvil en la puerta mientras la sangre de la vampiresa sigue goteando desde la daga que sostengo.
La habitación parece respirar a tirones.
El viento entra por la ventana abierta, mueve las cortinas, enfría el sudor pegado a mi nuca y esparce por todas partes el olor metálico de la sangre. En el suelo, la mujer de la casa D’Arcy no vuelve a levantarse. Sus ojos siguen abiertos, fijos en el techo, congelados en una sorpresa que ya no le sirve para nada.
Mi brazo izquierd