Genesis
Cassian se sienta al borde de la cama, despacio, como si cada movimiento estuviera evitando romper algo entre nosotros que ya de por sí va cargado de demasiada tensión.
—No quiero que huyas de mí —confiesa al final.
Lo odio por responder eso.
Lo odio más porque me duele lo sincero que suena.
—No te pregunté lo que quieres.
—Lo sé.
—Entonces dime la verdad.
Cierra los ojos un segundo.
Cuando los abre, ya no tiene la dureza del rey. Tiene algo peor. La mirada de un hombre que entiende al