Sofía
París huele diferente cuando vuelves con heridas que ya no sangran, pero que duelen igual. A mi llegada, una ligera llovizna acariciaba los techos de pizarra y los adoquines mojados brillaban como si quisieran saludarme con nostalgia. Caminé por el vestíbulo del hotel con paso firme, la maleta rodando a mi lado, las botas resonando como si supieran que algo estaba a punto de romperse.
—Mademoiselle Vidal, su habitación está lista —dijo el recepcionista, con una sonrisa profesional.
Tomé l