Sofía
Desperté envuelta en un silencio tan delicado que casi parecía una mentira. La habitación era amplia, lujosa, pero no opulenta. Tenía ese tipo de elegancia discreta que decía más de Alexander que cualquier palabra: tonos oscuros, muebles minimalistas, una alfombra gruesa donde mis dedos de los pies se hundieron cuando me senté al borde de la cama, envuelta en una sábana blanca que todavía olía a él. A nosotros.
Tragué saliva.
La noche anterior no era una alucinación. No fue un sueño calenturiento. Fue real. Lo sentí en cada centímetro de piel, en cada rincón de mí misma que él tocó sin siquiera pedirme permiso. Y peor aún, en cada parte que yo le ofrecí sin dudarlo.
Mi primer pensamiento fue simple y estúpido:
¿Dónde está?
Miré a mi alrededor con la esperanza de verlo dormido en un sillón, o saliendo de la ducha con una toalla colgando de la cadera como en una escena de esas películas que secretamente adoro. Pero no. Solo su ausencia. Y una bandeja sobre la mesa con una taza de café ya tibia, una copa de jugo de naranja y un bollo de almendra con una servilleta perfectamente doblada al lado.
“Desayuno para una. Excelente señal, Sofía.”
Caminé hacia el ventanal, el frío del mármol bajo mis pies como una bofetada de realidad. La vista era absurda: la ciudad extendiéndose a mis pies, poderosa, indiferente. La mansión de Alexander estaba por encima de todo, literalmente. Qué conveniente para alguien que necesita mirar el mundo desde arriba para no tener que enfrentarlo de frente.
Respiré hondo.
Pero ahora no estaba. Y eso me trajo un sabor amargo a la boca. Me recordaba quién era él, y quién no podía ser para mí.
Me senté en el sofá, con la taza de café entre las manos, la sábana aún rodeando mi cuerpo como una armadura blanca. Intenté convencerme de que no esperaba que estuviera aquí al despertar. Que su ausencia era... lógica. Esperable. Profesional, incluso.
Mentira.
Maldita sea.
No soy de las que se enredan emocionalmente. Soy de las que calculan. De las que planifican. Pero Alexander Blackwood… ese hombre no es una ecuación que pueda resolver. Es una contradicción con traje a medida. Y yo soy una idiota con el corazón cada vez menos blindado.
Una hora. Dos. Nada.
Me duché. Me puse una de sus camisas, porque sí, soy cliché cuando me da la gana. La tela suave me cubría apenas hasta la mitad de los muslos. Peinada, con la piel aún húmeda y el cabello goteando en las puntas, me senté en la terraza, con las piernas sobre una manta y el celular en mano. Vacío. Ni un mensaje.
Y ahí, en esa quietud con sabor a abandono, llegó la verdadera pregunta.
¿Fue solo una noche para él? ¿Un desliz?
¿Algo que no debería repetirse?
¿Algo que no significó nada?
Sentí el golpe directo, brutal. Porque para mí sí significó. No sé cómo pasó, ni en qué maldito momento se me coló bajo la piel, pero estaba ahí. Presente. Ocupando espacio en mis pensamientos como si tuviera el derecho.
Y eso era un problema. Uno enorme.
Estaba por agarrar mis cosas e irme cuando lo sentí.
La energía cambió. Como cuando una tormenta eléctrica se acerca y el aire se vuelve denso, expectante.
Me di vuelta. Él estaba ahí.
De pie. En la entrada de la terraza.
Y lo supe.
No era solo deseo. No era solo una noche. No era solo sexo.
Porque su mirada tenía esa mezcla de hambre, culpa y necesidad que no se finge.
—Estás usando mi camisa —dijo, con voz baja, ronca. Casi reverente.
—Me la gané, creo —respondí, con un intento de sonrisa que se me murió en los labios cuando se detuvo frente a mí.
Me miró como si no pudiera creer que estaba ahí. Como si no supiera cómo había llegado hasta este punto.
—Pensé que te habías ido —dije. No era una acusación. Era una confesión.
Alexander suspiró. Metió las manos en los bolsillos. Sus hombros tensos.
—Tuve que salir. Había algo urgente. No quise despertarte.
—No dejaste una nota.
—Porque no quería convertirlo en despedida.
Silencio. Denso. Palpable.
—¿Entonces qué fue? —pregunté, sin moverme—. ¿Qué fue eso, Alexander?
Él cerró los ojos. Solo un segundo. Como si la pregunta le doliera físicamente. Y cuando los abrió, algo se rompió en mí.
No era solo deseo lo que vi ahí.
Era miedo.
Era vulnerabilidad.
—No fue solo una noche, Sofía. No para mí.
Y en ese momento, lo entendí.
Este hombre… este controlador, frío, perfeccionista CEO con fama de no repetir cama con nadie, estaba tan perdido como yo.
—Entonces ¿qué es? —susurré. Porque no me atrevía a decir más fuerte lo que mi corazón gritaba.
Él se acercó. Lentamente. Se agachó frente a mí, apoyando una rodilla en el suelo como si el peso de lo que iba a decir necesitara apoyo.
Me sostuvo la mirada.
—No lo sé. Pero no quiero que se acabe. No aún.
Lo dije antes de pensarlo:
Y entonces, me besó.
No como la noche anterior, desesperado.
Sus labios se deslizaron sobre los míos con una dulzura que me hizo temblar. Me tomó el rostro con ambas manos, su tacto firme, seguro… pero contenido. Como si supiera que yo era algo frágil. Como si él también temiera romperse.
Y ahí, en ese beso, supe que había cruzado un límite del que no había vuelta atrás.
Esta vez no era su secretaria.
Y él, la mía.
Nos quedamos así, fundidos en ese momento perfecto, hasta que el cielo empezó a oscurecer. Y entonces, con los labios rozando los míos, él murmuró algo que me heló… y me derritió al mismo tiempo.
—Dios ayude a quien intente separarte de mí.
Y supe que el después… era solo el comienzo.