Sofía
Desperté envuelta en un silencio tan delicado que casi parecía una mentira. La habitación era amplia, lujosa, pero no opulenta. Tenía ese tipo de elegancia discreta que decía más de Alexander que cualquier palabra: tonos oscuros, muebles minimalistas, una alfombra gruesa donde mis dedos de los pies se hundieron cuando me senté al borde de la cama, envuelta en una sábana blanca que todavía olía a él. A nosotros.
Tragué saliva.
La noche anterior no era una alucinación. No fue un sueño calen