Alexander
Desde que le confesé a Sofía lo de mi contrato con su cuerpo como garantía —maldita sea, solo pensar en eso me enciende los nervios—, algo cambió entre nosotros. No lo dice con palabras, claro. Sofía tiene esa forma silenciosa de sacarte la verdad a tirones sin decir una maldita palabra. Te mira. Observa. Analiza. Me estudia como si pudiera diseccionarme solo con esos ojos grandes, cálidos… peligrosamente despiertos.
Y lo peor de todo es que me gusta.
No debería. Cada maldito instinto