El mensaje de la Inquisición no fue un secreto por mucho tiempo. Para el mediodía, el pánico corría por las calles de la capital como el aceite hirviendo. Los nobles, liderados por el Duque Vargos —un hombre cuya ambición era tan vasta como sus tierras—, se agolpaban a las puertas del gran salón, exigiendo una audiencia que el Rey les negaba.
—¡El Rey ha perdido el juicio! —gritaba Vargos ante una multitud de aristócratas asustados—. ¡Nos va a llevar a la hoguera por una ramera mística!
Dentro