El regreso al castillo no fue la procesión triunfal que el pueblo esperaba. Alistair entró por las puertas principales a lomos de su semental, con el rostro endurecido y Elara inconsciente en sus brazos. El silencio en el patio de armas era sepulcral; los soldados bajaban sus lanzas al paso del Rey, sintiendo una emanación de poder que los hacía temblar. Ya no era solo el aura de un soberano, era algo más antiguo, algo salvaje.
—Llevadla a mis aposentos —ordenó Alistair a las doncellas más leal