La euforia de los proscritos llenaba el castillo con una energía vibrante, pero para Elara, el aire se sentía espeso, casi irrespirable. Mientras Alistair organizaba a los capitanes de esta nueva legión —el Cambiapieles, la mujer de fuego y el Maestro de Sombras—, ella se alejó hacia el balcón, intentando calmar el latido errático de su corazón.
—Algo no está bien —susurró para sí misma, acariciando el lugar en su cuello donde solía estar el collar de hierro.
—Tienes razón, pequeña bruja —una v