Seis meses después.
La sala de juntas de Logística Valenzuela nunca se vio tan imponente. Había mandado a quitar las cortinas pesadas de la época de Julián para dejar entrar la luz. Ya no había rastro de ese ambiente rancio y corrupto. Hoy, el aire olía a éxito y a café recién hecho.
Sentados a la mesa estaban los accionistas más importantes del país. Mi padre, Santiago, estaba a mi derecha, observándome con una calma que solo tienen los que saben que han dejado su legado en buenas manos.
—Seño