El fondo del océano debería haber sido su tumba, pero el agua que rodeaba a Alistair y Elara no estaba fría. Era una burbuja de energía vibrante, un espacio donde las leyes de la física y la magia se habían entrelazado en un nudo indisoluble.
Alistair sintió cómo la armadura de obsidiana se deshacía, no por el agua salada, sino porque su propio cuerpo estaba cambiando. La vitalidad que Elara le estaba entregando no era un simple analgésico; era pura esencia de vida, un fuego que recorría sus ve