Las lágrimas me quemaban los ojos, pero las retenía con fuerza mientras extendía la pulsera de platino hacia Valeria. Mateo no miró mi rostro; su atención seguía en ella, como si yo fuera invisible. Valeria la tomó con dedos delicados, la examinó bajo la luz neón y arrugó la nariz con desdén: «No parece tan especial. Pero bueno, es un regalo de ti, así que lo acepto.» La arrojó sobre la mesa, donde un vaso de vino tinto se derramó accidentalmente, manchando su superficie pulida.
Un peso pesado