El mar golpeaba con suavidad las rocas de la pequeña ciudad costera de Mar de Lirios, donde Catalina había encontrado refugio. Había pasado un año desde que había dejado Puerto Oscuro, y aunque el dolor en sus piernas persistía y la falta de lengua seguía limitándola, algo en ella había cambiado. Trabajaba en una tienda de flores llamada El Lirio Blanco, propiedad de Marta, que ahora era su madre adoptiva. Cada mañana, llegaba temprano para regar las plantas, organizar los ramos y escribir mens