Valerik no respondió de inmediato. Se quedó observando las cenizas de la criatura que se disolvían en el aire como humo negro. Su sombra, Grim, regresó lentamente a sus pies, pero ya no era una mancha plana; vibraba, como un animal herido que intenta lamerse las llagas.
—Sígueme —dijo Valerik. Su voz era un hilo de grava—. Aquí abajo las paredes tienen oídos que no pertenecen a los vivos.
Subimos por una escalera de caracol oculta tras un tapiz podrido que conducía directamente a sus aposentos