Seguí a Valerik a través del patio de armas. El eco de sus botas contra la piedra mojada era el único sonido que se atrevía a romper el silencio sepulcral de la Ciudadela. Los guardias se apartaban como si él fuera una plaga, y yo, caminando tres pasos detrás, sentía el peso de sus miradas cargadas de desprecio. Para ellos, yo solo era una "Sin Casta" caminando hacia su ejecución.
Entramos en la Ciudadela de Cristal Negro. Por dentro, el lugar no era más acogedor que el exterior. Las paredes de