La noche en la mansión Montenegro no traía descanso, sino una oscuridad que parecía filtrarse por las paredes de mármol. Elena estaba sentada en el suelo de su antigua habitación, la que ahora servía de depósito para muebles cubiertos con sábanas blancas, como fantasmas de una vida que ya no le pertenecía. En su mano, sostenía el pequeño oso de peluche que Adrián había pisoteado. Con hilos que apenas podía enhebrar debido al temblor de sus dedos, intentaba coserle el brazo desprendido. Cada pun