El sol de las diez de la mañana golpeaba la terraza del piso cuarenta, pero no quemaba tanto como la mirada de Julian. Él observaba desde el ventanal de su oficina, con los brazos cruzados y una taza de café negro en la mano, cómo Clara convertía su impecable hormigón en una zona de guerra botánica.
—¿Eso es... una regadera con forma de flamenco? —murmuró Julian para sí mismo, apretando los dientes.
No pudo evitarlo. Salió a la terraza. El sonido de sus zapatos de cuero contra el suelo era como