—¿Las llaves? —repetí, tratando de que mi voz sonara tan profesional y plana como siempre—. Están en el sobre de cuero sobre su escritorio, señor Hamilton. Justo debajo de los informes de auditoría que me pidió esta mañana.
Dante arqueó una ceja. No se movió. Su mirada bajó por mi rostro, deteniéndose en mis labios un segundo más de lo necesario antes de clavarse en mi bolso.
—Extraño —dijo, dando un paso lento hacia el interior del ascensor. Las puertas intentaron cerrarse tras él, golpeando s