El pasillo hacia el quirófano era largo y oscuro, con luces fluorescentes que parpadeaban de vez en cuando. Elena yacía en la camilla, con los ojos cerrados, escuchando el ruido de los ruedos sobre el piso de hormigón y las voces bajas de las enfermeras. La pastilla que le había dado la Dra. Sosa empezaba a hacer efecto: se sentía como si su cuerpo estuviera flotando, como si el dolor se estuviera alejando poco a poco, dejando espacio para un silencio tranquilo.
Llegaron a una puerta grande de