El Inquisidor cayó de rodillas, con la máscara de oro fundida goteando sobre el mármol como lágrimas de metal. Bajo la armadura, el rostro del hombre era pálido, surcado por venas plateadas que delataban su dependencia a la magia del Consejo. Jadeaba, pero en lugar de súplica, una risa seca y distorsionada escapó de su garganta.
—Crees que has ganado, Jackson... —tosió, escupiendo una sustancia brillante—. Crees que recuperar tu linaje te hace invencible. Pero el Consejo siempre tiene un plan d