Las naves del Consejo descendieron como lanzas de plata desde el cielo cobrizo, rompiendo la barrera de nubes con un estruendo que hizo vibrar los cimientos de la Ciudadela de Cristal Negro. No venían a negociar. Venían a purgar.
—¡A las murallas! —el grito de Valerik resonó en todo el patio, amplificado por el poder que ahora compartíamos.
Me puse a su lado, sintiendo cómo mi loba interna se erizaba. El frío del acero de mi daga de hueso era lo único que me mantenía anclada a la realidad. A lo