El aroma a rosas era, para la mayoría, un símbolo de romance. Para mí, se había convertido en el olor de la traición. Era un perfume empalagoso, denso y ajeno que inundaba mi habitación cada vez que Killian regresaba de los aposentos de Elara.
—¿Te desperté? —su voz susurró cerca de mi oído mientras sus brazos me rodeaban por la espalda.
Me tensé. Sus manos, que aún conservaban el calor de otra mujer, intentaron buscar mi piel. Killian acababa de heredar el puesto de Alpha de su difunto hermano