No pude escuchar más de esa conversación entre Thiago y Lucas. Se me hizo impossible respirar, como si el aire se hubiera convertido en piedra en mi garganta, y tuve que huir del chalet de Lucas antes de que me vieran —antes de que tuvieran que decidir qué hacer con la esposa que había descubierto su juego. Corrí por el césped húmedo de la finca, con los pies descalzos y la bata de seda negra ondeando tras de mí, hasta llegar a la villa Montenegro y encerrarme en el baño del dormitorio. Allí, m