El sol brillaba con fuerza cuando llegamos al puente del río. Era un puente viejo, de piedra, con barandillas de hierro oxidado que crujían con el viento. Abajo, el río corría rápido, gris y frío. A lo lejos, se veía la ciudad de Aetheria — pero en ese momento, parecía miles de kilómetros de distancia.
Marcus y sus hombres se quedaron en el coche, ocultos detrás de un edificio. “Señor, si algo pasa, nos lanzamos”, dijo. “No te metas demasiado.”
“Lo sé”, respondí. Miré a Lina y a Elara, que iban