Cinco días después, Kael estaba en prisión preventiva — pero no estaba solo. Cada mañana, recibía visitas. Personas que llegaban con trajes caros, hablaban en voz baja y se iban sin dejar rastro. Las amenazas seguían llegando, también: correos electrónicos anonimos con fotos nuestras en la calle, mensajes rayados en la puerta de la empresa que decían “tu fin está cerca”, incluso una piedra con un papel que se le metió al coche mientras estábamos en un semáforo: “te estoy viendo, alfa”.
Estaba e