Desperté con el sol en la cara y Adrián a mi lado, roncando suavemente —ese ronquido que al principio me fastidiaba y ahora me hace sentir segura, como si estuviera en casa. Miré el anillo de jade en mi dedo y sonreí, pensando: ¿Esto es real? O sigo soñando con la noche de Nochevieja, con el dolor en el vientre y el día que Papá me perdonó?
Me incorporé con cuidado —la doctora me dijo que no hiciera movimientos bruscos, aunque ya llevaba tres semanas descansando y me sentía como una patata— y m