Adrián condujo como un loco hacia el hospital, con las sirenas imaginarias sonando en su cabeza. Elena estaba acostada en el asiento trasero, agarrando la mano de Sofía y apretando los dientes por el dolor. Cada bache en la calle era un golpe que aumentaba su sufrimiento, y sus lágrimas mojaban la tela del asiento.
—Ya casi llegamos, Lena —dijo Adrián, mirándola por el retrovisor con ojos llenos de pánico.— Aguanta un poco más.
—El bebé... —susurró Elena, con la voz apenas audible.— No me lo q