Pasaron tres años más. Martina tenía doce años y estaba en el primer grado de la escuela secundaria. Quería seguir siendo maestra, y ya empezaba a ayudar a los niños pequeños del barrio con sus tareas. Yo tenía 32 años y había abierto una tercera sucursal del café. La vida iba muy bien.
Un día, mientras trabajaba en la primera sucursal, recibí una llamada de papá. —Cami —dijo, con voz temblorosa.— Tienes que venir. Estoy muy enfermo. Quiere verte.
Mi corazón se apretó. Papá. El hombre que me em