Pasaron tres años más desde el encuentro en la mansión. Martina tenía siete años: era alta para su edad, con pelo rizado que le gustaba llevar largo y ojos marrones que brillaban cuando hablaba de sus sueños —quería ser maestra, para ayudar a los niños pequeños. Yo tenía 27 años y había comprado el café de Rosa: ella se había jubilado, y me lo vendió a un precio justo. Habíamos arreglado el local: pintado las paredes de color azul cielo, puesto mesas nuevas de madera y colgado fotos de Martina