La mansión de la familia Vargas resplandecía bajo las luces de cientos de cristales. Carros de lujo desfilaban por la entrada principal, dejando a hombres en esmóquin y mujeres envueltas en joyas. En el centro de todo, Dante, luciendo un traje hecho a medida que costaba más que tres años del salario de Elena, sostenía una copa de cristal mientras Bianca se aferraba a su brazo como un trofeo.
—Míralos, Dante —susurró Bianca con una sonrisa triunfal—. Todos envidian lo que tenemos. ¿No te alegra