La luz era tan brillante que tuvimos que cerrar los ojos por un rato. Cuando se nos acostumbró, viimos el Umbral. Y no era lo que esperábamos.
No era una caverna grande ni un trono de cristal. Era un espacio pequeño, cálido, como el interior de un nido. En el centro, había un solo cristal — un cristal de color dorado, tan grande como un lobo adulto, que latía. Sí, latía, como un corazón. Cada latido emitía una luz que llenaba todo el espacio, y un sonido que era como el susurro de todas las voc