“Soy yo, Lucas. Ahora estás a salvo. Estoy aquí contigo.”
La frase resonó en mi cabeza con la misma claridad con la que la había escuchado hace diez años, mientras sus manos cálidas me liberaban de las cuerdas que me retenían en aquella silla de madera desgastada. En aquel momento, su voz había sido mi único ancla en medio de la tormenta, su presencia el único faro de luz en la oscuridad que me había envuelto durante siete días interminables. Ahora, frente a él en esa sala llena de gente, solo