Elena no supo cómo logró salir de aquel club. Sus piernas se sentían como de plomo mientras el pesado traje de payaso la sofocaba bajo la llovizna helada de Venturis. Cada paso que daba era una puñalada en el pecho. Las palabras de Dante seguían rebotando en su mente como una burla cruel: “¿Para qué la tocaría? Solo estoy jugando... Las chicas pobres son las más ingenuas”.
Se sentía sucia. No por el sudor o el maquillaje barato del disfraz, sino por haber entregado dos años de su vida, su esfue