Sofía no recordaba cómo llegó hasta la calle. Caminó por las calles de Asunción con los ojos vacíos, el documento falso arrugado en la mano, repitiéndose una y otra vez las palabras del funcionario: «Es falsa, señorita. No está registrada en ningún lugar». La casa que había compartido con Martín durante tres años se le parecía ahora a una jaula —todo estaba lleno de recuerdos que eran mentiras: la foto de ambos en la pared, la manta que le había tejido para Navidad, el vaso de cristal que él si