Horas después, Leonel entró a su piso con cara de pocos amigos, aunque no era por lo que vivió esa mañana con Elizabeth, sino por tener que llevar el cabestrillo y la imposibilidad de mover bien el brazo, cuando el doctor exigía que no lo hiciera en absoluto, debía cuidar la operación. Cada vez que se bañaba, él solía moverlo un poco y le gustaba que el dolor era cada vez menor.
Lanzó la chaqueta sobre la mesa de las llaves, se le estaba resbalando otra vez.
Dando sus pasos correspondientes, s