Leonel y Sofía se encontraban en una parte llana del engranado de la casa de San Juan, en el área de piscina.
Era de día, casi hora de almuerzo. Ambos de pie, abrazados, disfrutando de una quietud que necesitaban.
Ella despegó su mejilla del pecho de Leonel para mirarle, acariciarle y dejarse acariciar.
—¿Te sientes bien? —preguntó ella, preocupada. Lo habían vuelto a operar, sus puntos internos se habían comprometido. Cargaba el cabestrillo nuevamente, quería ser cuidadosa para no lastimarlo.