—¡Señor Di Napoli!— dijo, colocándose de pie al ver su atrevimiento.
—¿Te acobardas?— Leonardo retomó su compostura, prefirió no continuar.
—No es acobardarme, pero su mentalidad es demasiado sucia— se alejó de él.
—¿Cree que me afecta? A todas las mujeres les gusta, les encanta que yo sea así.
—Pero yo no— lo fulminó con la mirada—. Le aseguro que no soy como esas mujeres a las que usted está acostumbrado. Si me arrodillé fue para ver hasta dónde iba a llegar usted.
Eso fue un golpe fuerte