La noche había caído sobre el mundo con un manto de misterio y promesas. Yo estaba sola en mi habitación, rodeada por el silencio que solo los que se enfrentan a su destino conocen. Cerré los ojos y, de repente, la oscuridad se tornó luminosa, y me encontré en un lugar etéreo, más allá del tiempo y del espacio. La luz era fría y pura, como la de la luna en su fase más clara. Allí, frente a mí, apareció ella: la Reina Blanca.
Su figura era imponente y delicada a la vez, envuelta en un resplandor