El aire de la madrugada tenía un sabor distinto.
Era como si todo en el bosque contuviera la respiración.
Las hojas no se movían.
El viento no cantaba.
Y dentro de mí, el eco de una decisión tomada comenzaba a arder.
Había pasado toda la noche caminando sola, bordeando el río que rodeaba la manada de Kian, dejando que mis pensamientos me abrasaran como el fuego que recorría mis venas desde que le oí decir “Ella es mía”. No sabía exactamente qué había despertado dentro de mí aquella tarde, pero