La cabaña estaba cubierta de hiedra y musgo, como si el bosque hubiera intentado tragársela con los años. Nadie la había tocado desde la muerte de mi madre. Ni siquiera Giovanni. Pero algo en mi interior me impulsaba a entrar. Tal vez fuera la necesidad de respuestas. O tal vez… fuera el eco de su voz guiándome hasta aquí.
Empujé la puerta con suavidad. La madera crujió bajo mis dedos como si se quejara del abandono.
—Mamá… —susurré sin pensarlo.
Dentro, el aire olía a polvo y a hierbas secas.