CAPÍTULO 6: "ALEJANDRO"

PRIMERA PARTE: EL TERCER TURNO

Clara dormía. Cuando la cremallera se abrió, se movió ligeramente, y al ver a Martín, una sonrisa de sueño iluminó su rostro.

—Martin... —murmuró, aún con los ojos medio cerrados—. Viniste...

—Sí —respondió él, con una voz que no reconoció como propia—. No podía dormir.

Ella lo abrazó, buscando su calor. Él la rodeó con los brazos, pero su cuerpo estaba rígido, como si lo hubieran rellenado de alambre.

Empezaron a besarse. Clara, con los ojos cerrados, se entregaba a la intimidad del momento. Martín, con los ojos abiertos, miraba el techo de la tienda. Contaba. No los minutos. Contaba las razones para no estar allí. Y no encontraba ninguna.

—Te quiero, Martin —susurró ella entre besos—. Te quiero tanto.

—Yo también —respondió él, y era cierto. La quería. La quería tanto que dolía.

Siguieron. Ella cada vez más entregada. Él cada vez más ausente. Hasta que llegó el momento. El clímax. Las palabras que sellarían su destino.

Clara, con los ojos cerrados, en total entrega, susurró:

—Alejandro...

Martín se congeló.

El mundo se detuvo. El tiempo se rompió. Las palabras de Clara flotaron en el aire como cuchillas.

Ella, ajena, todavía con los ojos cerrados, se acurrucó contra él.

—Alejandro... qué rico...

Martín no respiraba. No parpadeaba. Solo miraba el techo de la tienda con los ojos vacíos. Por dentro, algo se rompió para siempre.

Salió de la tienda como un autómata. La cremallera se abrió y se cerró. El aire frío de la noche le golpeó el rostro, pero no sintió nada.

Leo y Diego lo vieron acercarse. Su expresión era indescriptible. Ojos vidriosos, respiración agitada, manos temblorosas.

— ¿Martin? —Preguntó Leo—. ¿Qué pasó?

Martín no respondió. Caminó hasta la fogata y se dejó caer de rodillas. Cuando levantó la vista, sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—Dijo... —la voz se le quebraba—. Dijo otro nombre...

Leo se acercó.

— ¿Qué?

Martín gritó. Un grito desgarrador, animal, que resonó en la noche.

— ¡Dijo Alejandro! ¡En mi cara! ¡Dijo Alejandro!

Leo y Diego se miraron. Un intercambio fugaz. Cómplices.

— ¿Estás seguro? —preguntó Diego, con calma.

Martín rompió a llorar. Sollozos feos, desgarrados, que le salían del pecho como si le arrancaran las entrañas.

— ¡La escuché! —gritó—. ¡Con mis propios oídos! ¡Alejandro! ¡Ella dijo Alejandro!

Leo puso una mano en su hombro. La voz se le volvió seria, grave.

—Ya lo sabes, Martin. Ahora ya lo sabes.

Martín negaba con la cabeza, pero ya no servía de nada.

—No... No quiero saber...

Diego habló. Su voz, siempre helada, sonó a sentencia.

—Ya es tarde. Ya lo sabes.

Martín lo miró a través de las lágrimas. Luego miró a Leo. Buscaba una salida. Una palabra que le devolviera la inocencia. No la encontró.

Diego se levantó. Caminó hacia la camioneta. Abrió la caja de herramientas. Sacó algo. Cuando volvió, la luz de la fogata se reflejó en una hoja larga y reluciente.

Un cuchillo de caza.

Lo puso sobre la piedra, junto al fuego. Los tres lo miraron.

—Mañana —dijo Diego—. Al amanecer. Empezamos.

Leo asintió.

—Y esta noche... nadie duerme.

Diego miró fijamente a Martín.

— ¿Entendiste?

Martín, con el rostro bañado en lágrimas, asintió lentamente. Ya no había resistencia en él. Solo un vacío inmenso, un agujero negro donde antes había amor.

El cuchillo reflejaba las llamas. La noche seguía su curso.

Nada volvería a ser igual.

SEGUNDA PARTE: LA NOCHE

La tienda había vuelto al silencio.

Clara dormía. Su respiración era suave, rítmica, la de alguien que no tiene nada que temer. Estaba de lado, acurrucada, el rostro en paz iluminado apenas por un tenue rayo de luna que lograba colarse por algún resquicio de la tela.

Martín, a su lado, tenía los ojos abiertos.

No parpadeaba. No respiraba. Solo miraba el techo de la tienda, ese mismo techo que había contemplado hacía apenas unas horas mientras ella, entre sus brazos, pronunciaba la palabra que lo había partido en dos.

Alejandro.

El nombre giraba en su cabeza como un cuchillo. Una y otra vez. Sin piedad. Sin descanso.

Alejandro.

Pasaron los minutos. O las horas. Martín perdió la noción del tiempo. Solo existía ese nombre, esa traición, ese vacío que le iba creciendo en el pecho.

Giró la cabeza lentamente. Miró a Clara. Dormía. Tan tranquila. Tan ajena al huracán que había desatado.

— ¿Por qué...? —susurró, con una voz tan baja que ni siquiera él mismo se escuchó.

Clara no respondió. Siguió durmiendo.

Martín cerró los ojos. Una lágrima resbaló por su mejilla. Caliente. Salada. Inútil.

Cuando los abrió de nuevo, algo había cambiado en su mirada. El dolor seguía ahí, pero ahora estaba acompañado de otra cosa. Algo que nunca había sentido antes. Algo que no sabía cómo nombrar.

Determinación. Vacía, fría, mortal.

Se incorporó lentamente, con movimientos cuidadosos para no hacer ruido. Buscó a tientas en la oscuridad, junto a la entrada de la tienda. Sus dedos rozaron algo áspero, pesado.

La piedra. Esa piedra grande que usaban para sujetar la tela cuando hacía viento.

La sostuvo. La levantó. Era pesada, sí. Pero en sus manos no pesaba nada comparada con el peso que le aplastaba el pecho desde que escuchó ese nombre.

Miró a Clara.

Ella seguía durmiendo.

Levantó la piedra sobre su cabeza.

La cámara —si la hubiera— se habría quedado en su rostro. En sus ojos vacíos. En esa lágrima que aún no caía.

—Lo siento —susurró.

Y bajó la piedra.

No se oyó nada. O quizás sí, un golpe sordo, húmedo, pero Martín ya no escuchaba nada. Solo veía el rostro de Clara, que ya no dormía, que ya no respiraba, que ya no era nada.

Un segundo golpe. Otro.

Paró.

Miró sus manos. Estaban manchadas. Oscuras. La piedra yacía a un lado, inútil ya.

Miró a Clara. Quiso tocarla, decirle algo, pedirle perdón. Pero no pudo moverse. No pudo hablar. Solo quedó allí, paralizado, mientras la noche seguía su curso implacable.

Afuera, el viento soplaba entre los árboles. La fogata, a lo lejos, crepitaba débilmente. Nadie había escuchado nada.

Nadie sabía aún que el mundo había cambiado para siempre.

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