Inicio / Misterio/Thriller / EL JUEGO DE LA FOGATA / CAPÍTULO 7: "EL NUEVO ORDEN"
CAPÍTULO 7: "EL NUEVO ORDEN"

PRIMERA PARTE: EL AMANECER

La primera luz del día se filtró entre los árboles con una timidez que contrastaba con la brutalidad de la noche. El claro amaneció cubierto de rocío, como si nada hubiera pasado. Las tiendas seguían en su sitio. La naturaleza seguía su curso.

Frente a la tienda de Clara y Martín, la cremallera estaba entreabierta. No se movía nada dentro.

Leo salió de su tienda primero. Se estiró, bostezó, miró el cielo. La normalidad, pensó. La normalidad era importante. Luego su mirada se dirigió a la tienda de Clara. Esperó.

Diego salió después. No miró a Leo. Caminó hacia la fogata apagada, se sentó en un tronco, y esperó también.

Pasaron los segundos. Largos como horas.

La tienda de Clara se abrió por fin. Martín salió.

Estaba desencajado. Tenía manchas oscuras en la franela. En las manos. En la cara. Pero lo peor eran sus ojos. Esos ojos que ya no miraban, que solo veían hacia dentro, hacia ese pozo sin fondo donde acababa de arrojar su propia alma.

Caminó como un autómata hacia donde estaban Leo y Diego. No miró atrás. No miró la tienda.

Llegó junto a ellos y se dejó caer al suelo, junto a la fogata apagada.

Leo lo observó. Diego también.

— ¿Está hecho? —preguntó Leo, con una voz baja, sin emoción.

Martín no respondió. Miró sus manos. Las manos que habían sostenido la piedra. Las manos que habían matado a Clara. Temblaban.

Diego fue más seco.

—Preguntamos si está hecho.

Martín levantó la vista. Sus ojos estaban rojos, hinchados, pero no había lágrimas. Ya no le quedaban.

—Sí —dijo, con una voz rota, casi inaudible.

Silencio.

Leo asintió lentamente. Miró a Diego.

—Bueno —dijo—. Ya somos tres.

Diego asintió también. Luego se dirigió a Martín, con esa calma suya que helaba la sangre.

—No puedes quebrarte ahora. Esto apenas empieza.

Martín no respondió. Volvió a mirar al suelo. Las palabras de Diego no le llegaban. Nada le llegaba. Estaba anestesiado, flotando en una burbuja de irrealidad de la que no sabía cómo salir.

SEGUNDA PARTE: EL PESO DE LA CÓMPLICE

Leo se levantó y caminó hacia la tienda de Clara. Abrió la cremallera con un movimiento seco, metió la cabeza, miró dentro. Su expresión no cambió. Ni sorpresa, ni horror, ni lástima. Solo un reconocimiento frío de los hechos. Un inventario. Luego volvió a cerrar la cremallera y regresó junto a los otros.

—Hay que moverla —dijo—. Antes de que amanezca del todo.

Diego se levantó sin prisa.

—Yo ayudo.

Leo se volvió hacia Martín, que seguía inmóvil en el suelo.

—Tú te quedas aquí. Si alguien pregunta, Clara se fue a caminar temprano. ¿Entendiste?

Martín asintió sin mirarlo. Era un gesto mecánico, sin pensamiento detrás. Una marioneta a la que tiran de los hilos.

Leo y Diego entraron a la tienda. Se escucharon movimientos, pasos, el arrastrar de algo pesado sobre la lona. La tienda se agitó, como un animal herido que se debate en sus últimos momentos.

Martín siguió sentado, mirando el vacío.

El sol seguía subiendo. El calor comenzaba a sentirse. Los pájaros cantaban, ajenos a todo.

Cuando Leo y Diego salieron, cargaban un bulto envuelto en la lona. No era grande. No pesaba tanto. Era Clara, reducida a algo que podían llevar entre dos.

Martín vio el bulto y sintió algo. No supo qué. No quiso saberlo.

Los dos hombres se adentraron en el bosque, cargando su carga. Desaparecieron entre los árboles con la misma naturalidad con la que otros habrían ido a buscar leña.

Martín se quedó solo.

El viento sopló. Una hoja cayó. El mundo seguía girando.

Pasaron minutos. O quizás segundos. Martín perdió la noción. Cuando Leo y Diego regresaron, ya no llevaban nada. Sus manos estaban limpias. Sus rostros, impasibles.

—Ya está —dijo Leo, sentándose en un tronco—. Ahora solo queda esperar.

Diego asintió. Miró a Martín.

— ¿Cómo estás?

La pregunta era tan absurda que Martín tardó en procesarla. ¿Cómo estaba? ¿Cómo se suponía que debía estar? Había matado a la mujer que amaba. La había envuelto en una lona. La había visto desaparecer en el bosque como si fuera basura.

—No lo sé —respondió, y era la verdad más honesta que había dicho en su vida.

Leo lo miró con una expresión que podría haber sido de lástima, o quizás de desprecio. Era difícil saberlo.

—Tienes que aprender a vivir con esto —dijo—. Los tres tenemos que aprender.

Martín quiso preguntar cómo. Cómo se aprende a vivir con un cadáver en la conciencia. Pero no pudo. Las palabras se le atragantaron.

Diego se levantó y caminó hacia la camioneta. Volvió con una botella de agua. Se la tendió a Martín.

—Bebe. Tienes que mantenerte funcional.

Martín tomó la botella con manos que aún no terminaban de obedecerle. Bebió. El agua le supo a nada.

— ¿Y ahora qué? —preguntó, con la voz hueca.

Leo y Diego se miraron.

—Ahora —dijo Leo— seguimos con el plan. Valeria es la siguiente.

Martín sintió que algo se le retorcía en el estómago.

— ¿Valeria? Pero ella... ella no ha hecho nada...

—Todas han hecho algo —cortó Diego—. Tarde o temprano, todas hablan.

Martín quiso protestar. Quiso decir que no, que no podían, que ya había sido suficiente. Pero las palabras no salieron. Se quedaron atrapadas en esa garganta que ya no le pertenecía.

Leo se levantó y caminó hacia el claro, donde las otras tiendas comenzaban a mostrar signos de vida. Se volvió hacia Martín.

—Lávate la cara —dijo—. Y sonríe. Hoy empieza el segundo día del resto de nuestras vidas.

Martín se quedó solo. Miró sus manos. Las manchas habían empezado a secarse, a oscurecerse. Parecían parte de su piel ahora. Parte de él.

Y supo, con una certeza aterradora, que nunca, nunca podrían lavarse.

TERCERA PARTE: LA MENTIRA

La cremallera de la tienda de Valeria y Leo se abrió. Valeria salió, estirándose, bostezando. Se acomodó el pelo con un gesto mecánico y miró alrededor.

—Buenos días —dijo, con una sonrisa que no encontró eco.

Leo, que estaba junto a la fogata, le devolvió la sonrisa. Una sonrisa normal, de esas que había ensayado mil veces.

—Buenos días, mi amor. ¿Dormiste bien?

Valeria asintió, desperezándose.

—Como un bebé. ¿Dónde están los demás?

—Saliendo —respondió Leo—. Ya sabes, cada uno a su ritmo.

La tienda de Sofía se abrió. Ella salió con su libro en la mano, como siempre, pero esta vez no lo abrió. Miró alrededor con esa expresión suya de estar siempre alerta.

La tienda de Marta y Luna se abrió por fin. Marta salió primero, con su cámara colgando. Luna detrás, bostezando, con la cola de caballo deshecha y los ojos aún pegados.

—Buenos días —dijo Luna, con su voz de niña—. ¿Ya desayunaron?

Valeria rió.

—Buen día, dormilona. No, esperando que ustedes salieran.

Marta miró hacia la tienda de Clara.

— ¿Clara no ha salido? Siempre es la primera en despertar.

Sofía, que había estado observando en silencio, habló.

—No la he visto. Ni a Martín.

En ese momento, como si lo hubieran ensayado, la tienda de Clara se abrió. Martín salió.

Estaba pálido, desencajado, pero intentaba sonreír. Una sonrisa forzada, que no llegaba a los ojos. Las manchas en su ropa eran evidentes, pero ninguno de los presentes —ninguno de los que no sabían— las relacionó con lo que realmente eran.

—Buenos días —dijo, con una voz que intentaba sonar normal—. Clara se fue a caminar temprano. Dijo que quería ver el amanecer a solas.

Valeria frunció el ceño.

— ¿A caminar? ¿Sola? Clara nunca hace nada sola.

Martín mantuvo la sonrisa, pero por dentro algo se desgarraba.

—Bueno, hoy quiso. Ya vendrá.

Marta y Sofía intercambiaron una mirada. Algo no encajaba.

— ¿Estás bien, Martín? —preguntó Sofía, observándolo fijamente—. Te ves... raro.

Martín sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Pero se aferró a la sonrisa.

—Sí, sí, bien. No dormí bien. Ya saben, el ruido del monte.

Luna, ajena a todo, sonrió.

—A mí me encanta el ruido del monte. Parece que todo está vivo.

Marta, sin dejar de mirar a Martín, respondió:

—Sí... todo está vivo.

Hubo un silencio incómodo. A lo lejos, junto a la camioneta, Leo y Diego hablaban en voz baja. No miraban hacia el grupo.

Valeria rompió el silencio.

—Bueno, avísanos cuando vuelva Clara. Queríamos ir al río todas juntas.

Martín asintió.

—Claro, claro.

Se dio la vuelta y caminó hacia la fogata. Se sentó en un tronco, solo. No podía soportar sus miradas. No podía soportar que le preguntaran. No podía soportar nada.

Las chicas se quedaron mirándolo.

— ¿Notaste algo raro en él? —susurró Sofía a Marta.

Marta asintió, sin apartar la vista de Martín.

—Sí. Y en su ropa... vi manchas.

Sofía sintió un escalofrío.

— ¿Manchas de qué?

Marta no respondió. Solo siguió mirando.

Valeria se acercó.

— ¿Qué pasa?

Sofía negó con la cabeza.

—Nada. Seguro es cosa nuestra.

Pero su rostro decía lo contrario. Decía que algo terrible estaba pasando. Decía que el mundo, ese mundo perfecto que habían construido alrededor de una fogata, empezaba a resquebrajarse.

El sol seguía subiendo. El día comenzaba. Y en el bosque, un cuerpo yacía donde nadie lo encontraría.

No todavía.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP