Celina, perdida en el eco de su propia voz, se hundió en el vacío de su mente. La tristeza, esa vieja compañera, volvió a ocupar su lugar a su lado en la cama. Era familiar, casi cómoda. Pasó largo rato llorando, sin preocuparse por la almohada empapada ni por el frío de la madrugada que comenzaba a instalarse.
Cuando por fin sus ojos empezaron a secarse y los sollozos se transformaron en silencio, se levantó lentamente. Con movimientos automáticos, se puso una bata ligera, caminó hasta el arma