El mar se extendía en el horizonte oscuro, salpicado de luces distantes.
Y por primera vez en mucho tiempo, Celina se sintió como el propio mar: inmensa por fuera, pero en tormenta silenciosa por dentro.
El coche, ahora, se acercaba al lujoso hotel donde sería la cena.
Las luces doradas se reflejaban en la carrocería, las personas elegantes ya llegaban con trajes de gala.
Celina respiró hondo y soltó la piedra del collar.
Se obligó a recordar: Era fuerte.
Independiente.
No volvería a caer sin l