Ella deslizó los dedos hasta el rostro de él, acariciándolo como quien intenta memorizar cada trazo.
—Felipe... —susurró, con la voz entrecortada—. Nunca conocí a nadie capaz de amarme así. A veces siento que no lo merezco.
Él tomó su mano y la sostuvo contra su propio rostro, cerrando los ojos un instante, como si absorbiera aquella entrega.
—Mereces mucho más, Isa. Y mientras dependa de mí, nunca más vas a dudar de eso.
El silencio que siguió fue denso, pero no vacío. Era como si el mundo se