Entonces, en un gesto instintivo, Gabriel la alzó en brazos y la hizo girar por el jardín, riendo como un niño que acababa de recibir el mayor regalo de su vida.
—Dios mío, Ava… —murmuraba, incapaz de contener las lágrimas—. Me hiciste el hombre más feliz del mundo.
La besó con intensidad y, enseguida, se arrodilló frente a ella, pasando la mano con cuidado por su vientre aún discreto.
—Soñé tanto con este momento —dijo con la voz quebrada—. Esperé tanto por ti, mi hijo… No tienes idea de cuánt