Durante los tres primeros años de prisión, Sabrina creyó que solo le quedaban el dolor, el arrepentimiento y la culpa. Cada día era un peso, cada noche un abismo. Se movía entre rejas como quien arrastra cadenas invisibles, convencida de que su vida había terminado allí.
Pero fue en ese tiempo oscuro cuando algo inesperado surgió: las miradas. Al principio discretas, luego más prolongadas, venían de Mauricio, el director del penal. Un hombre intocable, la máxima autoridad, respetado y temido po