Zoe se quedó inmóvil por un segundo, como si el cerebro se le hubiera desconectado. Luego se apartó de golpe, torpe, tropezando con sus propias palabras:
—Yo… tengo que ir al cuarto un momentito… ¡Espérame aquí! —dijo, con las mejillas encendidas, acomodándose el vestido arrugado y caminando apurada hacia la cocina.
Arthur frunció el ceño, divertido por la confusión de ella.
—El cuarto no es por ahí, Zoe —señaló, sonriendo.
Ella se detuvo a mitad del camino, hizo un gesto vago con la mano, como