Aún en la suite del hotel de lujo, Sabrina seguía envuelta en la sábana de seda, sentada al borde de la cama. Con una sonrisa satisfecha, tomó el móvil y marcó.
—¿Hola? —respondió Isabela con voz somnolienta.
—Isa, despierta. El plan funcionó. Lo conseguí —dijo Sabrina, triunfante.
—¿De verdad? ¿Tú y Arthur…?
—Sí. Dormimos juntos. Estaba insaciable. Se notaba que llevaba mucho tiempo sin tocar a nadie.
—Qué noticia maravillosa, Sabrina. Ahora sí me has alegrado la mañana. Te confieso que pensé