El disparo desgarró el silencio de la noche como un trueno salido del mismísimo infierno.
Arthur se quedó helado al volante. El corazón casi se le detuvo.
— ¡Mierda…! ¡THOR! — gritó, abriendo la puerta con brutalidad y corriendo hacia la mansión sin mirar atrás.
Celina abrió los ojos de par en par en el asiento trasero, los labios entreabiertos. Sintió como si el alma se le escapara del cuerpo.
— ¡NO… NO! — gritó, abriendo la puerta con las manos temblorosas. Bajó tambaleándose, como si el suel