Aquella tarde, Celina estaba sentada en el rincón más acogedor del salón de la cobertura, hojeando un libro, cuando su celular comenzó a sonar. Era Zoe. Con una sonrisa, contestó enseguida.
—¡Hola, amiga! Qué alegría oírte —dijo Celina, animada.
—¡Hola, poderosa mamá! Te llamo porque el poderoso jefecito me dio una misión especial. Me pidió que te acompañe al centro comercial. Vamos de compras, ¿qué te parece?
—¿Cómo así? —Celina rió, sorprendida.
—Hay una cena benéfica de última hora a la que